Mr. Davis, por Cesar Rodriguez Barrantes

Se habían alzado las nubes negras que cantaban. El carro hacía más ruido que el viejo tren que dejé al otro lado del golfo y las nubes de polvo -eternamente suspendidas- que levantaba a mi paso eran más grandes aún, tanto que casi no dejaban ver nada en trescientos metros a la redonda. Don Julián traía su carreta cargada con sacos de arroz que llevaría al comisariato del chino para venderlos y acató cargar un caracol para sonarlo en medio de aquel desorden de aves y tierra seca. Lo sonó a tiempo y por eso orillé el carro, para esperar que llegara hasta ahí. Hace días quería verlo para preguntarle por la hija de Chente pero el telégrafo se había dañado y Yo tenía ya cuatro meses sin entrar a la finca por un viaje de negocios a Xela que duró más de lo previsto. Me atacó el cólera en Chiquimula cuando fui a visitar al Cristo Negro y casi no regreso para contarlo.

En una de las cartas que recibí desde San José, mi querido amigo Ernesto contaba que de paso por Nicoya escuchó a alguien decir que la hija del Chente ya no vivía allí; se había fugado con Mr. Davis, o al menos eso decían. El inglés tenía ya dos años viviendo en el pueblo y nadie le había conocido compañía más que aquella chiquilla que le cocinaba y limpiaba su casa. Tendría unos 16 cumplidos la última vez que la miré pero desde entonces no había pasado mucho tiempo. En mi casa no supieron darle más detalles de la historia, o no quisieron. Él -que tan bien me conocía- sabiamente supuso que me interesaría aquel banal dato.

Siempre supuse que Ella no se quedaría en el pueblo. Caminaba con tal garbo que toda la plaza de la iglesia se paraba al verla pasar. Cargaba siempre su carrielito importado, la mantilla sevillana -que nadie sabía como había conseguido- y una sombrilla de encaje ya rota por el uso y sin esperanza de ser reemplazada pronto. Aquella niña era ave de alto vuelo, tanto que -erróneamente- nunca se hacía acompañar por las otras muchachas que vivían ahí cerca; ni siquiera las hijas del turco eran sus amigas, menos las del servicio de las otras casas.

Mis hermanas me contaron tiempo atrás que había aprendido inglés escuchando al señor Davis y que lo hablaba con propiedad británica y picardía irlandesa. ¿Qué harían sus parientes en la ribera del río al escucharla leyendo a Shakespeare? Me quedé con ganas de saberlo.

La nueva carretera estaba casi terminada la última vez que fui a la casa de Nicoya y el viejo zorro me dijo que pensaba seriamente quedarse para trabajar como ingeniero y que pondría una venta de nieves y helados. Le extrañaba mucho como nadie tenía algo frío en sus manos durante la retreta en el parque, luego de la Misa. Seguro la alegría de la banda era suficiente para espantar el calor.  

Esperé casi cinco minutos orillado, hipnotizado por el llamado del caracol, hasta que llegó don Julián en medio de la sofocante polvareda. Me alegré tanto al verlo que le di un gran abrazo y Él bromeó diciéndome que la enfermedad que agarré en Guatemala fue por hartarme las rosquillas que llevaba en la maleta de un solo golpe o por comer tantos frijoles y chuchitos. Lo retuve por media hora para que me contara su versión de la novelesca fuga y del destino de la muchacha… Media hora después Yo estaba en la entrada de la finca, soplando para alejar el polvo de la casa del Chente y que no ensuciara al niño rubio de grandes ojos azules que cargaba entre mis brazos. Lo miraba fijo deseando que me contara el cuento de Hamlet o el de Julieta, tal vez en inglés, pero con picardía nicoyana. Faltaba mucho rato para aquella escena.